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Lenguaje Activo y Pasivo (I/II)

 

En los programas y talleres que entrenamos, tales como Competencias Conversacionales, se privilegia el lenguaje. Sobre este descansa la herramienta fundamental para generar el movimiento buscado (prefiero llamarle así, que “cambio”) y un camino seguro y directo de cómo auto-gestionarnos y saber cómo y desde dónde nos estamos viviendo.

Una de las distinciones relevante del lenguaje consiste en poder separar cuándo este pudiera ser calificado como pasivo o activo. Si bien es cierto que toda palabra existe en el dominio del lenguaje y que uno debe co-existir con el otro, el pasivo nos mantiene sin brújula en alta mar, mientras que el lenguaje activo nos lleva a puerto seguro.

Dediquemos esta primera entrega al lenguaje pasivo. 

Desde mi experiencia, este es el más común y de uso frecuente. Nos envuelve de cara al contenido de lo dicho y nos confunde al no tener claridad y distancia de lo que escucho y entiendo.

Mirémoslo desde dos aspectos:

1. El que pretende dar cuenta.

Es un lenguaje que se refiere a hechos y juicios. Busca dar información a otros partiendo de las instrucciones o las evaluaciones existentes desde las apreciaciones de quien observa.  Es enteramente dependiente de los filtros naturales del ser. Es un lenguaje que se suma o enfrenta a lo dicho, generando un espiral infinito sin conducir a un entendimiento.

2. Tiene que ver con el encuadre.

El lenguaje pasivo es cuando encuadras las cosas de que eres la víctima. Lo vives entendiéndote como que las cosas te llegan, las emociones y pensamientos no son tuyos, te atacan. Es ponerte a ti mismo como si fueras la víctima no el actor. Solamente está el receptor pasivo que renuncia a su responsabilidad. Es un encuadre (marco desde donde interpretas) que te desarma para un abordaje de apropiamiento de ti. 

Decir: “esto me lleva a sentir”, “me enoja cuando él hace”, “tú a veces no sabes hablar” (cuando en realidad te quieres referir a la primera persona – “yo”). Cuando usas el pronombre “tú” o “nosotros”, queriéndote referir al pronombre “yo” te hace pasivo.  Personas que con frecuencia hablan en segunda o en tercera persona, no asumen la responsabilidad. Olvidan que son el agente y no la víctima.

Hablar en lenguaje pasivo te lleva a expresar: “me vino un pensamiento” o “me llegó una emoción”. Pregunta relevante: ¿acaso no eres tú quien piensa y quien siente? ¿No eres tú el generador o causante de esas emociones y de esas palabras? 

En la continuidad de este artículo, conversaremos sobre el lenguaje activo.